EL PREÁMBULO SIEMPRE IMPORTA
U N O
Cuando morí en el Viejo San Juan, mis últimos pensamientos fueron sobre el amor de mi vida, el mundo que pudimos haber tenido y el mundo que nunca fue.
Fueron mundos aparte que explotaron todos a la vez, y cerré mis ojos cuando no pude aguantarlo más, cuando la luz cegadora de aquella gran detonación por fin arropó al universo entero. Cuando mi espíritu despertó, vi que había regresado aquí, a una última dimensión escondida lejos del fuego consumidor del fin del mundo. Llegué como un fantasma a un lugar donde se guardó mi pasado, transportado a una vida de hace diez años para revivirla toda una última vez. Esta dimensión también se desvanecía poco a poco, pero en su muerte lenta, se me dio una última oportunidad para verlo todo desde el cielo, y quizás de esta manera, por fin poder entender y contarte lo que sucedió…
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Uno se puede perder fácilmente en las calles del Viejo San Juan. Sin esfuerzo, se puede encontrar la curiosidad y el asombro caminando sobre los adoquines, bajando o subiendo alguna calle en alguna colina de la ciudad, o apreciando los colores que se mezclan entre los edificios que quedan tan y tan pegados allí. Es fácil imaginarse en un mundo antiguo, en un tiempo fuera del que realmente es.
En el día la gente se riega por cada callejón como hormiguitas explorando un laberinto hermoso en el Caribe. La esencia española quedó pintada entre la arquitectura de ese viejo rincón en la isla. Si uno camina por ese laberinto en la mañana, y se acerca suficientemente a algunas de las ventanas abiertas, se sentirá el olor de un cafecito recién hecho. Si el don o la doña que lo hizo es familia y se asoma por la ventana y lo ve, le ofrecerá un poco con algunas galletitas. Y si no es familia, pero uno le da los «Buenos días», pues quizás le ofrecerá de todos modos.
Si uno sigue caminando puede ser que en cambio le dé el olor a las flores. Y si no, el aire lo arropará con el olor del mar cercano. Lo que de seguro se puede decir es que no se puede negar la magia de ese lugar. Siempre ha estado ahí y siempre lo estará. De noche se prenden las luces, y todas las placitas parecen haber sido sacadas de pinturas perfectas, pequeños lugares que parecen ser más obras de arte que una realidad. Los fines de semana se escucha la salsa sonando en la distancia, y cada boricua se va de barra en barra, vacilando y disfrutando de las calles, embriagado de felicidad y alcohol.
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En una parte de ese Viejo San Juan, una pareja joven anda sentada en la colina que sube hacia El Morro, una antigua fortaleza española del Caribe. Son un chico y una chica a los que les falta el mundo por vivir. Pero el Viejo San Juan tiene una manera de parar el tiempo, de hacer que solo importe lo que tiene que importar en esta vida por al menos unos fragmentos de tiempo. La chica lo miraba a él como si no existiera nada más en esta vida. Con las luces al otro lado de la bahía de San Juan reflejándose en la cara del chico, este en cambio la miraba a ella sabiendo que tenía al universo entero a solo centímetros de distancia.
En ese Viejo San Juan, el cielo comenzó a llorar. Quizás de felicidad, por lo que había sido testigo, o quizás de tristeza por lo que faltaba por pasar esa noche. Al irse de El Morro, la pareja cruzó una calle tratando ambos de escaparse de la lluvia, y en esos efímeros momentos los dedos delicados de la chica encontraron los dedos cálidos del chico. Fue entonces que esa noche un chico y una chica inocentes se agarraron de la mano por primera vez. Y así mismo, ellos cruzaron hacia el otro lado de su destino.
La pareja encontró refugio de la lluvia bajo un balcón. Con los cuerpos pegados, el chico le rozó la piel a la chica con sus dedos para sacarle el cabello mojado de la cara. La mirada brillante de la chica pedía un beso. Y cuando por fin labios chocaron con labios se selló un destino con dulzura.
Pero, como el Yin y Yang, todo requiere un balance. Por cada cosa hermosa en este mundo, el universo requiere algo igualmente oscuro. El Viejo San Juan no es la excepción. Mientras una pareja joven se enamoraba poco a poco bajo un balcón, una turista perdida intentaba buscar refugio en otra parte de la ciudad. Corriendo en un mundo desconocido, el laberinto que para algunos es hermoso, para ella se convirtió en una pesadilla. Tropezó, y cayó rendida ante los pies de un animal.
—Pero qué ricura esta rubia —dijo la criatura desconocida—. Oye, mami, ¿cuánto llevas en esa cartera?
La turista comenzó a levantarse cuando sintió un ardor en sus rodillas. La caída le había raspado la piel, y ahora sangre bajaba por sus piernas.
—I’m sorry. I don’t understand what you’re saying (Lo siento. No entiendo lo que me dice.) —respondió la rubia nerviosa, dudando que ese espectro que le hablaba pudiera ser en realidad una criatura humana.
A causa de tanta lluvia y sudor, el trajecito blanco que llevaba puesto la turista comenzó a pegarse a su figura. Ella comenzaba a temblar, aunque en Puerto Rico no hacía nada de frío esa noche. A pesar del sudor, a pesar de la sangre y del maquillaje regado, el animal solo se fijaba en los pezones que se asomaban a través de la tela del traje mojado de la chica.
—Quizás me puedes dar algo más que solo unos billetes —dijo el animal, acercándose más a su pobre presa.
—Please… (Por favor…) —comenzó a rogar la rubia—. Stay away. (Aléjate.)
Los ojos del animal. La estructura de su boca. La manera en que caían las sombras sobre su cara. No, no. No era posible que él pudiera haber sido un ser humano.
Dando un paso atrás, la turista miraba hacia todos lados tratando de encontrar alguna salida, para solo darse cuenta de que andaba atrapada contra una pared.
—Tú no te me vas hasta que me des una probadita —siguió el animal.
Su pulso se aceleraba, listo él para cazar. El pulso de la rubia, en cambio, se multiplicaba. Ella, deseando con todas sus fuerzas poder aprender de la nada a volar y largarse de ese lugar para siempre.
—Don’t touch me (No me toques.) —dijo la rubia cuando las manos curiosas del depredador comenzaron a explorar su cintura—. Help! (¡Ayuda!) —gritaba, desesperada.
—Aquí nadie te va a ayudar —el animal le dijo riéndose, arropándola ya con el resto de su cuerpo.
—¡AYUDA! —gritó la rubia una última vez, recordando el poco español que en algún momento pudo aprender.
El animal operaba en un mundo oscuro. Muy oscuro. Vivía en el reino ese que les pertenece a las drogas, y él estaba encargado de hacer una entrega de cocaína. Desafortunadamente para la turista, el animal, adicto a su droga y adicto al dolor de una pérdida que, meses atrás, lo había empujado a ella, había decidido consumir todo el producto él mismo. Eso presentó un problema porque, de todos modos, el jefe iba a querer el dinero que ahora el animal le debía. Cuando el animal vio a la rubia perdida en una parte oscura del Viejo San Juan, vio una oportunidad para conseguir ese dinero.
Todas estas cabronas gringas tienen chavos, pensó él. Y así fue como la siguió a escondidas. Pero cuando ella tropezó frente a él y este vio las curvas femeninas bajo la lluvia, al animal le dio hambre de otra cosa. Con cada uno de los gritos de la turista, él se pasaba la lengua por los labios. Con ojos reptiles, él la observaba, acercándose lentamente hacia ella, sabiendo muy bien que la rubia no encontraría alguna salida. Y cuando no pudo aguantar más el hambre, con una sonrisa, atacó a su presa como una serpiente.
Ella gritó y gritó, pidiéndole ayuda al universo, pero la salsa en el Viejo San Juan sonaba más fuerte que ella. Las risas de los boricuas se mezclaban con el sonido del mar, y los últimos suspiros de la gringa fueron enterrados entre todo aquel caos. La brisa se llevó su aliento, y el viento terminó sonando una música diferente esa noche. La oscuridad se tragó a la gringa por completo, y fue de esa manera como nadie supo más nada sobre ella. O al menos así lo fue por un tiempo...
Ese animal. Puto parásito.
— FIN DEL CAPÍTULO UNO —
Fragmento de Criaturas salvajes © Pablo Camacho. Todos los derechos reservados.